Degradación Moral, la otra Pandemia

Psic. Janice Ferrand Seminario, Subdirectora Nacional Fundación ELIC

Edición: Andrea Fernández Callegari

Pandemia es un término que proviene del griego pandemos y significa “reunión de todo un pueblo”. Hoy, por el impacto del coronavirus o COVID-19 en el mundo, podríamos actualizarlo a “reunión de toda la humanidad”. Y es que si algo nos está enseñando (a una “sana distancia”) esta crisis de salud pública es que somos un solo cuerpo, que todo está conectado y que compartimos el mismo destino.

Como humanidad, hemos labrado conjuntamente una historia con una característica esencial, señalada por el Dr. Serge Raynaud de la Ferrière en su libro Los Grandes Mensajes: “Si la historia, que tiene tantos libros, no tuviera más que una sola página, llegaría a la conclusión de que, siempre, es un eterno recomenzar”. Esto quiere decir que, como especie, aprender de nuestros errores es una capacidad aún demasiado incipiente y distante. Tanto es así que Nicholas A. Christakis, reconocido sociólogo y médico, señala en un artículo recién publicado que todas las pandemias de la gripe regresan, de manera confiable, cada década aproximadamente; lo único que varía es su intensidad y extensión. Veámoslo a través de la siguiente cronología:

  • Gripe de 1918-1919. En solo 18 meses infectó a un tercio de la población mundial, es decir, alrededor de 100 millones de personas entonces. Ningún rincón del planeta se mantuvo a salvo de este virus. ¿Su origen? La mutación de una cepa de la gripe aviar (enfermedad de las aves, como las de corral, pollos, patos, etc.).
  • Gripe asiática (1957). Causó un millón de muertes, y afectó especialmente a niños, adolescentes y adultos jóvenes en Hong Kong, Singapur, Taiwán, Japón, Estados Unidos, India y Australia. ¿Su origen? La mutación de un virus común en patos silvestres.
  • Gripe de Hong Kong (1968-1969). Altamente contagiosa, dejó cerca de un millón de muertos. ¿Su origen? Una cepa similar a la de la gripe asiática.
  • SARS (2002). Causada por un virus de la familia de los coronavirus, se extendió en 2003 a varios países del sudeste asiático, Europa y América del Norte. ¿Su origen? Por contagio del animal al hombre.
  • Gripe porcina o H1N1 (2009-2010). Fue la primera pandemia del siglo XXI. ¿Su origen? Dos genes que circulan en los cerdos de Europa y Asia, así como también genes aviarios y humanos.
  • Ébola (2013-2016). El brote se dio en Guinea, y se extendió luego a Liberia, Sierra Leona, Nigeria, Senegal, Malí, Estados Unidos, España y Reino Unido. ¿Su origen? Por contacto estrecho con órganos, sangre, secreciones u otros líquidos corporales de animales infectados (chimpancés, gorilas, murciélagos frugívoros, monos, antílopes, puercoespines, etc.).

Una sensualidad mórbida

Comúnmente, solemos asociar las enfermedades con el área de la salud, por lo que cada vez que se origina un brote, como los mencionados líneas arriba, nos focalizamos en encontrar la cura de una manera que raya en el fanatismo, con la esperanza de que esta pondrá fin a nuestros padecimientos para después regresar a nuestro estilo de vida previo.  Así, hacemos caso omiso al fondo del problema para centrarnos en la forma, nos alejamos neuróticamente de la causa para centrarnos en el síntoma, mientras buscamos culpables por doquier en un afán de exonerarnos de cualquier responsabilidad ante hechos que indefectiblemente se declararán enfermedades sociales, como lo menciona el sabio francés Dr. Serge Raynaud de la Ferrière: “Así como hay enfermedades individuales, hay enfermedades sociales y todas ellas provienen de nuestras fallas, errores, cuyo lastre viene a agregarse a aquellas fallas cometidas por nuestros ascendientes” (Los Grandes Mensajes, pág. 428).

En un artículo publicado en el diario El País, la periodista Patricia Peiró muestra la directa conexión entre cada pandemia humana ocurrida en los últimos cien años y su origen en el reino animal. Esto nos ayuda a comprender que estas grandes propagaciones de enfermedades no son producto del azar, ni un capricho egoísta de la naturaleza, sino que están directamente relacionadas con la forma en que los seres humanos convivimos con nuestras especies hermanas. Peiró lo resume así: “Los murciélagos, el ébola; las civetas, el SARS; los perros, la rabia; los monos, el sida; las gallinas, la gripe aviar. Son algunos de los animales que han estado en el punto de mira cuando han estallado brotes de nuevas enfermedades”, detalla.

Resulta difícil imaginar la existencia de mercados callejeros en Asia, denominados “húmedos” por abastecer de animales vivos, listos para ser vendidos para su consumo fresco, como es el caso de Wuhan, en China, epicentro del brote del COVID-19. En estos centros de abasto, animales de diversas especies –muchas de ellas exóticas– se exhiben con rostros atribulados y aterrorizados en paupérrimas condiciones de salubridad. Pero, sin ir muy lejos, el mismo escenario lo viven millones de animales considerados domésticos –como la vaca, el chancho, la gallina, el conejo y el cuy–, con los cuales nos relacionamos hasta en un grado afectivo, para que después terminen en nuestro plato. Entonces, no deberíamos espantarnos por lo que sucede al otro lado del mundo con estos mercados, cuna de diversos tipos de virus.






RESPETOS GUARDAN RESPETOS

FOTO RESPETOS GUARDAN RESPETOS

Psicóloga Janice Ferrand, Sub Directora Fundación ELIC, PERÚ

¿Cómo responder ante un “cállate”, o un indiferente “sal de mi habitación”; solo por mencionar algunas expresiones de nuestros hijos, esquivando otras que lastiman más? ¿Será parte de la interacción “moderno -contemporánea” entre padres e hijos, y no debe tomarse “tan en serio”? 

Es innegable el anhelo que todos tenemos de alcanzar una relación de respeto con nuestros hijos, y la alegría inmensa que ello nos genera. Sin embargo, cuando no lo logramos, podemos sentirnos decepcionados, con culpa, frustración, tristeza, impotencia, hasta ira. Y en nuestro intento por revertir esta situación, buscamos imponernos, exigir respeto, en ocasiones amenazar, castigar, confiscar juguetes, tablets, celulares, retirar el afecto y/o también emplear la ley del hielo.

La pregunta que deberíamos hacernos es si el “respeto” lo podemos exigir y/o imponer a nuestros hijos, y si al hacerlo y “aparentemente obtenerlo”, estamos frente al verdadero sentido de “respeto” que anhelamos y quisiéramos perdure para siempre. O estamos obteniendo, por el contrario, una respuesta poco sincera, y hasta de hipocresía, generada por el temor a las consecuencias, o para evitar exponerse a nuestros largos discursos y reacciones emotivas.

Pero, ¿qué pasa si al imponernos no logramos el respeto deseado? ¿Tendríamos que recurrir a métodos más drásticos aún? 

Llegar a extremos verbales y/o físicos, resquebrajan toda posible relación y traen además consecuencias emocionales y psicológicas irreversibles. Tenemos que tener claro que el RESPETO no se “impone” sino se “INSPIRA”, tal como lo señala el Dr. Serge Raynaud de la Ferriere, en su obra “Los grandes mensajes”; “el respeto inspirado por la dignidad”


 

Si la dignidad es la precursora del respeto, vale preguntarnos “si nos comportamos con responsabilidad, con seriedad y con respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás”, siguiendo la definición de dignidad. 

¿Cómo entender la responsabilidad?

Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de responsabilidad? ¿Será cumplir únicamente con las responsabilidades económicas, educativas, de salud, etc.? Al respecto la Fundación ELIC en su libro “Educación para el Talento y la Paz”, dice que la responsabilidad se puede entender “como la mejor toma de decisión posible sobre una acción que, contando con conocimiento y análisis suficiente de las consecuencias, se hace para el beneficio y evolución de la sociedad y el entorno. Consiste en la capacidad de ver por los demás. El entorno y la sociedad son, entonces, el punto de referencia de la responsabilidad”.

Para mayor claridad veamos, a través de ejemplos simples, cómo nuestras decisiones e interacciones cotidianas pueden ir generando una disonancia entre lo que nuestros hijos esperan de nosotros y lo que en la práctica proyectamos, resquebrajando nuestra dignidad. 

Alejandro, un niño de 6 años, va a un parque y se le cae el helado en una de las bancas.  Su mamá le dice, “vamos rápido para que nadie se de cuenta”.  Lorena, una niña de 8 años observa a su mamá bloquear con su auto a un taxista para que no pueda seguir avanzando, interrumpiendo el avance normal del tránsito en venganza porque este último se le cruzó temerariamente.  Sebastián, un niño de 7 años, escucha cuando su papá le miente a su mamá cuando ella le pregunta si sacaron a los perros el tiempo que ella se les pidió, no habiéndolo hecho porque priorizaron ir al cinema.  Juan Pablo, un niño de 9 años, observa cómo su mamá entra en contra en una calle para ingresar más rápido a su cochera. Julián, un niño de 10 años, ve estacionarse continuamente a su padre en el lugar de discapacitados y para justificar el hecho finge que cojea, etc. 

Como se puede observar, en ninguno de los casos anteriormente citados se cumple “el tomar en cuenta a los demás”. La Fundación ELIC señala “que, para un niño, la decisión, el razonamiento, el orden de sus padres toman relativamente un valor de manantial y unidad”.Si un niño empieza a ver quebrantado ese principio de orden y unidad, en el sentido de que no mostrar coherencia entre nuestras palabras y nuestras acciones, vamos debilitando la posible constitución de una relación de RESPETO. 

¿Qué entendemos por Seriedad?

¿Y a qué nos referimos cuando hablamos de “SERIEDAD” ?, ¿cómo pueden nuestros hijos evidenciar el sentido de seriedad en nosotros? Para mejor comprensión de este concepto, vamos a referirnos a un término análogo: la “asertividad”, que al igual que la seriedad, “reclama la lógica relación entre las palabras y los actos de los adultos, la congruencia entre lo que observa y lo que vive el niño”. 1

Para que se entienda mejor, y a modo de ejemplo, vamos a citar nuevamente algunos ejemplos de la vida cotidiana. Hay muchos padres de familia que sonríen cuando intentan llamar la atención o corregir a sus hijos.  Citemos el caso de Ximena, una niña de 4 años, que tiene muchas dificultades en el pre escolar.  No hace caso a sus profesoras y las reta constantemente. Cuando Ximena no desea realizar una actividad, empieza a correrse de las profesoras. Estas últimas la persiguen y sortean todo tipo de situaciones y peligros para lograr atraparla. Mientras Ximena corre y escapa, lo hace sonriendo, evidenciando que no es capaz de captar e interpretar la emoción de enojo en el rostro de sus profesoras. Al conversar con sus padres y verlos en interacción con Ximena, se corrobora que a estos últimos les causa simpatía la actitud de la niña y después de perseguirla y posteriormente atraparla, terminan todos riéndose con ella, a veces hasta a carcajadas. 

También hemos escuchado a muchos niños y niñas expresar lo siguiente a sus padres: “No da risa”, y es que justamente muchos rompemos con el sentido de coherencia que plantea la Asertividad. Nos reímos o burlamos de aspectos que para los niños son sensibles e importantes, y si bien los adultos lo podemos ver como algo insignificante y hasta cómico, el niño lo vive y lo siente intensamente. 

Tal es el caso de Octavio, un niño de 6 años, quien tuvo dificultades para bajarse el pantalón en el baño de su colegio porque su cierre se atascó y terminó mojándose los pantalones accidentalmente. Cuando en casa se habla del incidente, el padre le hace una broma y riéndose le dice: “yo no sabía que aún te hacías pipí en los pantalones”. Si bien el sentido del humor ayuda en muchas circunstancias, es fundamental saber cuándo utilizarlo y no confundirlo con la burla. 

Los adultos tenemos que saber que antes de hacer uso del sentido del humor, hay algunos pasos previos que debemos cuidar. Lo primero es ser capaces de aplicar el concepto en latín “interligere” que menciona el Dr. Serge Raynaud de la Ferriere en su libro “Reajustamiento doctrinario”, y al que se refiere como “la capacidad de leer al interior del otro”. De este término surge posteriormente el concepto de inteligencia que populariza Howard Gardner cuando expone la teoría de las inteligencias múltiples. 

“Interligere” es la capacidad de reconocer lo que el otro está sintiendo y la empatía es la que nos permite ponernos en su lugar. Antes de dialogar, compartir experiencias, exponer ideas, dar consejos, etc., es fundamental el haber cumplido con los dos primeros pasos y ser capaces de poner en palabras aquello que nuestro hijo puede estar sintiendo. Podremos referirnos a la experiencia de manera anecdótica siempre y cuando seamos invitados por ellos a hacerlo, o cuando las señales nos demuestren que nuestro hijo ya lo ha superado y procesado la experiencia.  Sentido del humor es cuando todos están disfrutando sin perjuicio de alguno de los miembros. No es reírse a costa del sufrimiento de otro. 

Si estamos junto a nuestro hijo, y sabemos que se siente molesto porque uno de sus compañeros no lo invitó a su cumpleaños, podemos expresarle: “puedo ver que te sientes muy molesto porque tu amigo no te invitó a su cumpleaños”, “¿te gustaría que conversemos?”. A esto se puede añadir, un abrazo, ofrecer compartir una experiencia nuestra similar, etc. 

Los adultos solemos evadir y hasta negar situaciones para evitar hablar de nuestras emociones. Sin embargo, los niños fácilmente detectan cuando algo no anda bien, más aún si nuestra actitud no es la habitual. Una actitud “esquiva” de parte nuestra, unida a su fértil imaginación, los hace temer escenarios mucho peores a los reales, sumándose a ello, la sensación de inseguridad, temor, y un menoscabo a la posibilidad de una relación de confianza con nosotros. Y no solo estoporque “negarlas o mostrarlas incoherentemente, pueden conducir al niño a la hipocresía, la mentira o la evasión”.3 

Y como el campo de las emociones es muy delicado, como bien lo señala las ELIC, si no trabajamos en nuestra capacidad para reconocerlas, difícilmente vamos a poder gestionarlas inteligentemente, y menos vamos a poder trabajar en modificar nuestro pensamiento, considerado este último como la “madre de nuestras emociones”. Si esto es así, ¿qué legado emocional vamos a dejar en nuestros hijos? Si queremos dejarles una herencia de manejo emocional sólido, el primer paso sería que podamos reconocerlas en nosotros mismos.  Lo segundo seria poder hablar de ellas con un ánimo optimista, y una actitud activa en la búsqueda de soluciones, siempre dejando abierta la posibilidad de que nuestros hijos puedan opinar y brindarnos consejos. 

¿Qué entendemos por respeto?

Y, por último, ¿a qué nos referimos por RESPETO?Seguro lo primero que se nos viene a la mente es el RESPETO de los hijos hacia los padres, pero pocas veces pensamos en el respeto de los padres hacia los hijos como precursor de lo primero. 

Siendo imposible abarcar en este artículo todo en relación al concepto de RESPETO, vamos a dar énfasis nuevamente a la idea, muy común por cierto, de que la buena conducta puede lograrse, si no funciona por las buenas,  a base de imposiciones, castigos, amenazas y hasta golpes, desconociendo el impacto que este tipo de medios tienen en la vida mental y emocional de los niños y niñas. 

Una conducta que se modifica por temor, no genera un cambio ni una transformación real en el ser humano sino desencadena en conductas de rebeldía, oposición, resentimiento, sed de venganza, hipocresía, ira, etc. 

Entonces el RESPETO hacia nuestros hijos nos obliga a hacer un “esfuerzo por explicarles … aunque no lo entiendan todo”. Ello permite que “capten las intenciones, que se sientan considerados como seres inteligentes, que incrementen su autoestima y que se esfuercen por comprender”5. Es conveniente también, “conversarles aquellos temas que están a su alcance, para pedirles su opinión. Nosotros como adultos los podemos persuadir de que resultará mejor otra cosa que la que él dice, pero ya entra en juego su opinión, la cual debe ser tomada en cuenta, por lo menos en la deliberación.

Si, por el contrario, en vez de darnos el tiempo para explicarles a nuestros hijos, les imponemos las cosas, no los dejamos participar de las decisiones familiares, no tomamos en cuenta sus opiniones, nos mostramos faltos de tiempo, irritados o fastidiados cada vez que cometen una falta, y no nos damos el tiempo para dialogar y exponer las razones o fundamentos detrás de nuestras decisiones, los haremos seres inseguros de si mismos y con la sensación de falta desamor. “Tratarlos como incapaces de entender, los predispone a la inseguridad y los hace sentir desamor”.7Por el contrario, “Tratarlos como si entendieran, lo predispone a la comprensión y lo llena emocionalmente”. 

Entonces debemos, como señala el Dr. Serge Raynaud de la Ferriere, cuando nos habla de la célula familiar, “satisfacer su inteligencia con explicaciones a su alcance, pero nunca falsas”. “Reducir una explicación no es disfrazar la verdad y al poder simplificar los hechos tenemos el deber de conservarlos en su realidad”. Ello además impacta en la vida afectiva – emocional de los niños y niñas ya que si a un niño “se le imponen los límites se siente rechazado, mientras a aquel que se le explican las razones sobre los límites se siente comprendido. Un niño sin disciplina es un niño que no se siente amado”.

Bibliografía

1, 2, 3, 5, 7, 8, 9, 10 CERF ARBULÚ, María Nilda. ESBORRONDA ANDRADE, José Miguel. BERISTAIN MOWBRAY, María Adriana. (2007) Educaciónpara el Talento y la Paz.

6. FERRIZ, David (1975). Paramitas I 

Premios y recompensas: su efecto en la voluntad de los niños

 
NIÑO EXCLUIDO

Psic. Janice Ferrand, Sud Directora Perú.

En el reino animal, especialmente entre los mamíferos, los premios o recompensas que el adulto otorga al menor se traducen en afecto, que puede manifestarse como caricias positivas, acercamiento físico y/o reconocimiento cada vez que realiza una acción favorable para su adaptación. El castigo o reprensión, por el contrario, busca erradicar un tipo de conducta que atente contra la supervivencia del individuo y/o su especie. 

A fin de que el adulto pueda guiar y orientar al menor, este último debe ser capaz de mostrar receptividad al afecto otorgado por la madre y/o cuidador, para lo cual existe un aspecto biológico: la generación y segregación de oxitocina en el sistema nervioso, tanto del bebé como de su madre, cada vez que interactúan afectivamente. La oxitocina es el neurotransmisor responsable de las conductas de empatía, apego y afecto, que es secretada a través de las caricias. 

Como el bebé es receptivo a las señales afectivas de su madre, esta podrá ir reforzando pequeños logros, actitudes y conductas que favorecerán su sano desarrollo y maduración. Cada aprendizaje será reconocido, valorado y visto como un gran acontecimiento por el adulto, y la retroalimentación afectiva bastará para motivar al menor. 

Dado que los niños responden positivamente al afecto, desarrollan un sentido de servicio que exteriorizan de manera espontánea y natural. Así, casi desinteresadamente, se ofrecen como voluntarios cada vez que el adulto va a realizar una actividad o tiene una necesidad. Al niño le basta una pequeña retroalimentación afectiva para sentirse feliz, motivado, valorado y apreciado.

Lamentablemente, el sentido natural de “servicio” en los niños y niñas, se ve afectado por el efecto contraproducente de introducir recompensas materiales a muy temprana edad. Sin ser conscientes, los padres pueden alterar el sistema motivacional de sus pequeños hijos, privándolos de la alegría y satisfacción de “hacer” sin recibir algo material a cambio, lo cual condiciona su preciada voluntad. Por ejemplo, muchos adultos ofrecen premios que van desde una pequeña propina hasta un viaje al extranjero por lavarse los dientes o aprobar un curso, respectivamente. 

Sentido y sensibilidad

¿Qué hacer? Antes que nada, es fundamental salvaguardar y reforzar en una primera etapa del desarrollo la receptividad del niño a la retroalimentación afectiva (caricias, reconocimiento, etc.), y evitar introducir recompensas materiales que puedan condicionar su voluntad. Posteriormente, hay que formarlo para automotivarse. 

La Formación representa la cumbre de la enseñanza y el paso hacia la automotivación. Y es que no se trata solamente de enseñar algo a un niño, sino de formarlo en la trascendencia de lo aprendido, ya que la falta de sentido disminuye su interés por las cosas. Es fundamental explicarle, por ejemplo, la importancia de mantener ordenado su cuarto. Se puede partir por lo que esta tarea significa para él y, luego, para su familia. Después, revelar cómo cultivar esta disciplina ayuda también a la sociedad y al mundo. Algunas sugerencias a continuación:

  • Mantener su cuarto ordenado lo va a favorecer porque siempre encontrará los juguetes en su sitio y ya no tendrá que estar buscándolos, lo cual le resta tiempo para jugar, resulta un argumento interesante. Sería importante que el niño obtenga unos minutos adicionales de juego por haber ordenado sus juguetes, ya que esta es una consecuencia natural de su esfuerzo. 
  • Incluir el beneficio que tiene su conducta en los que lo rodean, pues es fundamental fortalecer su sentido de empatía. Puede explicársele que el orden en su cuarto facilitará el trabajo de la persona encargada de la limpieza de la casa. 
  • Para el escenario social, mencionar que los juguetes bien conservados pueden servir a otros niños cuando él ya no los necesite, lo cual contribuirá al reciclaje y la reducción de los desechos en el planeta.

Formar el Talento de los niños es una característica fundamental de la propuesta de la Fundación ELIC, Escuelas Libres de Investigación Científica para Niños. En su libro “Educación para el Talento y la Paz”, menciona: “No entendemos Talento como sinónimo de superdotación. El Talento se muestra cuando el ser humano encuentra la vía para unir su potencial con las necesidades de los demás, con la sociedad y el mundo que le rodea”. 

Concluimos reiterando la importancia de reforzar en los niños la voluntad de servicio y la motivación hacia la misma. Esto irá restando, de a pocos, la necesidad de una retroalimentación afectiva proveniente del entorno, por lo que serán capaces de automotivarse y guiar su conducta en función del sentido que le han otorgado a una tarea determinada. 

Aprender a Cooperar, Cooperar para Aprender

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APRENDER A COOPERAR, COOPERAR PARA APRENDER, por Psic. Janice Ferrand, Sub Directora Fundación ELIC, Perú                                                                                                                    

La misión de los educadores no es sencilla. En esta compleja tarea que asumimos los docentes, junto con los padres de familia, intentamos brindar lo mejor de nuestra experiencia; sin embargo, diversos factores como la falta de tiempo, el desconocimiento, la impaciencia, el cansancio, la ansiedad y la tendencia a replicar modelos educativos del pasado nos llevan a caer en un sistema punitivo, prejuicioso y, claro está, obsoleto para estos tiempos. 

Afortunadamente, hoy en día las neurociencias, la psicología, la psicopedagogía, entre otras ciencias humanistas, nos brindan luces respecto a cómo orientar y formar a nuestros niños. Está comprobado que los procesos de enseñanza-aprendizaje-formación funcionan mejor en ambientes comprensivos, donde se evite prejuiciar y ser punitivos. Esto que señala la Fundación ELIC, Escuelas Libres de Investigación Científica para Niños, se aplica tanto en la escuela como dentro de la familia. 

Explicar y escuchar 

Arrastramos la idea errónea de que la conducta puede ser modificada a base de castigos y amenazas, pues desconocemos el impacto que este tipo de respuestas tiene en la salud emocional a corto, mediano y largo plazo. Lo cierto es que una conducta modificada por temor no genera una transformación real en la persona, sino desencadena rebeldía, oposición, resentimiento, sed de venganza y hasta violencia. 

Entonces, para educar en lugar de imponer, debemos hacer un esfuerzo por explicarles a los niños (aunque no lo entiendan todo), y tomar en cuenta sus opiniones en las propuestas y decisiones. Esto permite que “capten las intenciones, que se sientan considerados como seres inteligentes, que incrementen su autoestima y que se esfuercen por comprender”, dicen la Cont. María Nilda Cerf Arbulú y el Lic. José Miguel Esborronda Andrade en su libro Educación para el Talento y la Paz.

Por el contrario, si les imponemos las cosas, los aislamos o nos mostramos faltos de tiempo, irritados o fastidiados, podría suceder lo que señala la Fundación ELIC: “Tratarlos como incapaces de entender, los predispone a la inseguridad y les hace sentir desamor”;mientras que“tratarlos como si entendieran, los predispone a la comprensión y los llena emocionalmente”. 

Así pues, hay que “satisfacer su inteligencia con explicaciones a su alcance, pero nunca falsas”,refiere el Dr. Serge Raynaud de la Ferrière.Esto impacta en la vida afectiva-emocional del niño, ya que si “se le imponen los límites se siente rechazado, mientras a aquel que se le explican las razones sobre los límites se siente comprendido. Un niño sin disciplina es un niño que no se siente amado” (Educación para el Talento y la Paz).

Participación activa

En ese sentido, cuando hablamos de cooperación, nos referimos a incluir a los niños en la solución de problemas y búsqueda de alternativas que favorezcan la convivencia, convirtiéndolos en agentes activos del cambio. Recordemos que la cooperación, rasgo típicamente humano que nos ha permitido sobrevivir y evolucionar como especie, aún no ha logrado ser asimilado por los sistemas educativos. La educación es, per se,un fenómeno social, pero se está atendiendo como un fenómeno individual; es decir, persisten propuestas educativas que refuerzan la competitividad desde edades tempranas.

Por lo tanto, para favorecer espacios cooperativos, primero hay que prestar atención y trabajar la calidad en el vínculo con nuestros niños, que debe basarse, por un lado, en la empatía –que significa reconocer, tomar en cuenta y valorar su vida afectiva-emocional– y, por otro lado, en la asertividad, que viene a ser “la lógica relación entre las palabras y los actos de los adultos, la congruencia entre lo que observa y vive el niño” (Educación para el Talento y la Paz).

Necesitamos generar espacios de diálogo en un ambiente comprensivo, con una mente abierta, libre de prejuicios, que se refleje en nuestra forma de hablar, tono de voz, gestos y expresiones. Cuando el estado mental y emocional no es el óptimo, es preferible buscar otro momento para dialogar con nuestros hijos; de lo contrario, esta posibilidad puede verse truncada antes de haberla siquiera iniciado. 

Es fundamental que los niños participen activamente del establecimiento de las normas de convivencia en el hogar y la escuela, siempre agradeciéndoles por su capacidad de escucha, comprensión, buena voluntad, y motivándolos a seguir haciéndolo. Asimismo, la cooperación permite que desarrollen un mayor sentido de responsabilidad al pensar en beneficio de los demás, su entorno y la sociedad.  

Como vemos, nos enfrentamos a grandes desafíos educativos que demandan reformas profundas, por lo que la Fundación ELIC viene aportando desde 1977 en este sentido a través de sus programas educativos y sus Congresos Mundiales para el Talento de la Niñez, con el propósito de formar el Talento de los niños para la Tolerancia, la Verdad y la Paz. 

La Ciencia en la Epistemología y el Simbolismo: hacia la Paz por una Cultura del Saber

¿Cómo obtiene conocimiento la Ciencia y cuáles son sus métodos de investigación?

Sabemos que la Ciencia en la actualidad busca explicar el mundo. Se pregunta el porqué de las cosas, tratando de encontrar las causas y efectos de los acontecimientos para establecer leyes objetivas. En esta búsqueda de la Ciencia hay confusión y discordancia, sobre todo entre las teorías de las ciencias humanas, a las cuales en este artículo damos más atención. Estas teorías de las ciencias humanas son muy controvertidas, discutidas, sobre todo por no tener una base de percepción de la realidad consensuada, la cual, no obstante, es imprescindible para un diálogo fecundo.






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